Historia relatada por Bayardo Álvarez: director del centro de Fabretto en Quebradahonda

"Corría el año 1964. Un día cualquiera escuché en la radio que hablaban del Padre Fabretto, un sacerdote que se dedicaba en cuerpo y alma a proteger a niños, niñas y jóvenes desamparados de escasos recursos o abandonados. Yo quería conocerle personalmente pero mis condiciones en ese momento me lo impidieron. Pasaba el tiempo y seguía latiendo en mí el deseo de conocerle, de conocer su trabajo. Un día, reuní fuerzas, hablé con mis familiares y preparé las maletas para dirigirme a Somoto donde el Padre Fabretto tenía una de sus casas de acogida. Salí de mi casa con mucho optimismo, pensando que Fabretto cambiaría mi vida. Y así ha sido.

Llegué a la casa de acogida y pregunté por él. Me dijeron que no estaba, que en ese momento se encontraba trabajando en la carretera de Cusmapa. Reconozco que me extrañó mucho la idea de que el padre estuviera trabajando como un obrero más en la carretera pero con el tiempo, pude comprobar que era una persona que no hacía distinción entre dar una misa, jugar con los chavalos, arreglar una camioneta o arrastrar tierra de un lugar a otro. Allí permanecí en la casa esperando a Fabretto durante tres días, hasta que a la mañana del cuarto día escucho la llegada de un jeep y la algarabía de los niños que salen a recibir a Fabretto.

Nada más bajarse de la camioneta vestido con una sotana blanca, me conmueve su sonrisa, su humildad. Me mira, le miro, me extiende sus manos sucias y me dice: "¿Tú que haces aquí? ¿Te quedas con nosotros o vas de paso?". Yo le contesté que si me admitían, trabajaría con ellos. Su respuesta fue: "Con mucho gusto hermanito, esta es tu casa también". Esa noche, recuerdo haber cenado con él y los chavalos una comida bien humilde, pero servida con mucho amor".

Desde entonces, el señor Bayardo no ha dejado de trabajar con Fabretto. Actualmente, es el director del centro educativo de Quebradahonda y mantiene la memoria del Padre Fabretto en una pequeña capilla en la que él solía dar misa. Su relación de amistad y trabajo con el Padre Fabretto ha marcado la vida de una persona entregada a la niñez y a la educación de varias generaciones de niños y niñas de muy escasos recursos de Nicaragua.